Anexo “La Morsa y el Carpintero”: Versión de María Elena Walsh (1992)

La Morsa y el Carpintero

Versión de María Elena Walsh (1992)

 

El sol brillaba fuerte sobre el mar,

El sol resplandecía a troche y moche

y se esmeraba por lustrar las olas,

cosa bastante rara a medianoche.

Salió la luna y alumbró alunada

diciendo: -El sol es un entrometido,

sólo por arruinarnos el pastel

se queda cuando el día ya se ha ido.

El mar estaba húmedo y mojado,

pero la arena no.  Nadie podía

ver una sola nube por el cielo.

Tampoco pájaros porque no había.

Pasó una Morsa con un Carpintero,

quejándose los dos con honda pena:

-¡Esta playa qué espléndida sería

si no tuviera tanta, tanta, arena!

-Si siete barrenderos con rastrillos

la barrieran durante un año entero

mejoraría ¿no? – dijo la Morsa.

– Lo dudo – lagrimeaba el Carpintero.

-¡Oh, ostras, venid todas a pasear!

– rogó la Morsa- pero es oportuno

que sólo vengáis cuatro, pues tenemos

nada más que dos manos cada uno.

La Ostra cabeceó y le guiñó un ojo

como diciendo: – No me da la gana

de salir de mi casa. Y se quedó

callada.  Era la Ostra Veterana.

En cambio, cuatro ostritas más pequeñas

salieron con muchísimo interés,

limpias y de zapatos bien lustrados,

cosa curiosa pues no tienen pies.

Cuatro más las siguieron, y otras cuatro,

y luego cuatro más y cuatro más

saltaron revolcándose a la playa,

y todas las siguieron por detrás.

Después de mucho andar, el Carpintero

se sentó con la Morsa en una roca,

y las ostras también se detuvieron

en fila india y sin abrir la boca.

-Llegó el momento- discurseó la Morsa –

de que hablemos de príncipes y balas,

de barcos y botines y repollos,

y de por qué los cerdos tienen alas.

-Espere un poco- le gritó una ostra-

que vinimos corriendo muy ligero

y estamos sin aliento, somos gordas.

-No hay prisa- contestóle el Carpintero.

La Morsa dijo: – Ahora que tenemos

pan y pimienta y sal ¿por qué esperar?

Si las ostras queridas están listas,

enseguida podremos almorzar.

-¿A nosotras? – gritaron, azuladas,

las pobres ostras-. ¡Eso sí que es feo,

después de tantas amabilidades!

La Morsa contestó: – ¡Qué buen paseo,

qué dulce noche, qué paisaje hermoso,

qué grata compañía, me parece!

El Carpintero dijo:  – Dame pan,

¿estás sorda?  Te lo pedí dos veces.

-Me da vergüenza haberlas engañado

– dijo la Morsa haciendo tristes muecas-,

traerlas de tan lejos para esto.

El Carpintero pidió más manteca.

-¡Cuánta pena me dais! –dijo la Morsa-,

os compadezco, soy muy infeliz.

Y llorando eligió a las más gorditas,

con un pañuelo sobre la nariz.

-Amigas ostras- dijo el Carpintero-,

el paseo ¿qué tal os ha caído?

Las ostras no pudieron contestar

porque ya las habían engullido.

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