Acerca de la literatura infantil y su posicionamiento en la literatura argentina

Por Laura Rafaela García (*)

2013-09-01 12.03.40

Resumen

Desde sus orígenes la literatura infantil en Argentina fue considerada como “menor” dentro del sistema literario. Este punto de vista surge no sólo de la percepción del destinatario, sino también de la ambigüedad del término infantil.

Por un lado, una serie de denominaciones y oposiciones recorren el campo literario para niños desde sus inicios. Por otro, la participación de autores y mediadores entre la literatura y los niños contribuyeron a la discusión, como también a la formación del corpus literario y crítico. En este trabajo nos proponemos recorrer este tema de debate en una selección de ensayos de autores del campo publicados entre los años setenta y los noventa.

El objetivo de este recorrido es considerar los argumentos expuestos en la crítica y determinar qué sentido le atribuyen a lo infantil los autores de textos para niños y en qué medida esos argumentos también contribuyeron a remarcar el sentido del término infantil a partir de los protocolos de la ficción.

Palabras clave

literatura infantil argentina – campo – años setenta

 

Introducción

En los últimos años la literatura para niños tomó una importancia particular en el ámbito cultural. En esta dirección un recorrido por los textos ficcionales y críticos del campo[1] infantil argentino publicados entre los años setenta y los noventa nos permitirá dar cuenta de los principales desplazamientos que terminaron por actualizar o remarcar el sentido del término infantil -al menos- en la literatura argentina para niños.

El análisis de los posicionamientos de los principales autores y agentes del campo  en los años sesenta y setenta contribuye a postular que lo infantil alcanza un nuevo sentido a partir del aporte de María Elena Walsh en adelante. La interpelación a la imaginación iniciada por Walsh en consonancia con la propuesta estética de Laura Devetach y Elsa Bornemann actualiza los protocolos de la ficción para niños a partir de tres elementos: la disminución de la mirada protectora para dirigirse al lector-niño, la superposición de modos de abordar la ficción y la complejidad de la estructura social y cultural. Este último aspecto es determinante para la dinámica del campo, por un lado, es necesario considerar que por esos años el concepto de infancia se ve modificado por los aportes de los estudios culturales que ponen especial atención a los primeros cinco años del niño. Por otro lado, en los años sesenta la sociedad atravesaba las tensiones del pasaje de lo tradicional a lo moderno afectando no sólo los modelos de crianza y familia sino también las posiciones de la escuela respecto al niño. Como afirma Isabella Cosse en Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (2010): “los desafíos adquirieron el carácter emblemático de las rupturas generacionales producidas en una época en la cual los jóvenes delinearon su identidad por oposición a los adultos y se situaron en el centro de la vida social, política y cultural” (40). Además, la educación representaba para la clase media una posibilidad de ascenso social y el público general había experimentado la explosión editorial del boom de la literatura latinoamericana.

Sin embargo, por estos años la literatura para niños era más un privilegio de clase que un bien cultural en tanto derecho del niño. En el marco general de la natalidad planeada, las relaciones democráticas e igualitarias, la autoridad participada, la estabilidad afectiva y la búsqueda deliberada de ajuste psicológico (Carli, 2011: 85) el concepto de infancia se encontraba en tensión con un modelo más flexible. Un modelo que contrastaba con el tradicional de los límites entendidos como castigo físico y la distancia en la comunicación entre padres e hijos como señal y práctica cotidiana del respeto por los adultos. Podemos afirmar que la infancia era parte del interés central de distintas disciplinas -como la psicología, la pedagogía, la pediatría, etc.- pero, la literatura era considerada principalmente por los adultos como un medio para influir en el comportamiento moral del niño. Por eso, la interrupción violenta de la dictadura a través de las prohibiciones y las formas de censura que influyeron directamente en la literatura infantil retrasó los avances del campo. El desplazamiento de los modos de la ficción que interpelaban directamente a la imaginación y a la libertad de los lectores era considerado como una amenaza para los valores familiares, nacionales y cristianos que decía defender el gobierno militar.

Los primeros textos que manifestaban el cambio hacia nuevas formas de provocar la imaginación desde la ficción apelaban a la fantasía y al humor desde la dimensión lúdica del lenguaje como se observa en las canciones de María Elena Walsh[2] que lograron desbaratar las jerarquías del mundo real o la perspectiva desde la que se concebía la infancia como un molde moral del sujeto. Como textos representativos de este desplazamiento de lo didáctico a lo estético podemos mencionar las canciones y textos de María Elena Walsh, pero también La torre de cubos [1966], Monigote en la arena [1975], Picaflores de cola roja [1977] o Historia de ratita de Laura Devetach, Tinke-Tinke. Versicuentos [1975] y Un elefante ocupa mucho espacio [1975] de Elsa Bornemann, “Así nació Nicolodo”, “Nicolodo viaja al país de la cocina” y “Teodo” [1977-1978] de Graciela Montes.

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Una canción emblemática de esta nueva mirada hacia la infancia desde la literatura es la Marcha de Osías que pertenece a El Reino del Revés [1965] de María Elena Walsh. Si bien en la poética de Walsh quien personifica la infancia es Bambuco según la propia autora[3] (Luraschi y Sibbald, 1993: 44), podríamos afirmar que la canción Marcha de Osías es un manifiesto de lo que necesitan los niños desde una perspectiva cercana a los intereses de la infancia y despojada de la percepción adulta. La marcha como género musical tiene un estilo marcado por el ritmo y se adapta al acto para el que ha sido concebida. En este caso, la marcha de Walsh puede entenderse como una entretenida proclama de las necesidades de la infancia representadas en los deseos de Osías, quien no tiene dinero pero quiere comprar y entra a un bazar para buscar algunas cosas elementales. Tiempo para jugar, un río y un jardín “sin guardia y sin ladrón”, un poco de conversación, cuentos, historietas y novelas relatadas por una abuela, el pase hacia el mundo de la fantasía, en fin, Osías busca bienes que forman parte de las necesidades de la niñez.

El desplazamiento de los términos maniqueos que marcan lo correcto y lo incorrecto en los pasos a seguir para crecer avanza en este texto hacia una infancia enriquecida por el asequible mundo de las representaciones, que interpela al adulto a priorizar la dedicación de un tiempo, el juego, la diversión, la música, la fantasía, la interacción y la compañía como alternativas flexibles del cuidado en la niñez. La prioridad es la transición de la experiencia del sujeto con el lenguaje y la construcción del mundo simbólico. En esos términos la autonomía del personaje que alude a las posibilidades de la ficción se vuelve una alternativa de las nuevas formas de cuidado propuestas por la literatura y los autores que escriben para niños. Formas que se desplazan de las posiciones más pasivas para reflexionar sobre el niño, en las que la protección se asimila a la dominación del sujeto y de su deseo para responder a los principios morales.

Con este breve recorrido por el contexto y una selección de títulos importantes entre los sesenta y los setenta pretendemos dar cuenta de qué modo la literatura participa de la infancia. En consecuencia, advertimos que el campo de la literatura para niños está construido sobre una serie de oposiciones: lo didáctico/lo estético, lo real/lo fantástico, lo moderno/lo clásico, entre otras que terminan sintetizándose en los términos que el sistema literario le atribuye a esta zona literaria como es la oposición de lo mayor y lo menor (Díaz Rönner, 2000). Con el propósito de reconstruir las polémicas propias de la literatura infanto-juvenil relacionadas con las oposiciones iniciales que recorren el campo organizamos un corpus de siete textos, que recopila una serie de artículos y define posiciones sobre las principales disputas planteadas por un grupo de autores claves para la conformación del campo. En este trabajo nos limitaremos a profundizar sólo en algunos aspectos centrales del posible análisis por este corpus. En el marco de nuestra investigación -que se inscribe en los bordes del campo de las memorias y los estudios literarios[4]– estos textos muestran la importancia de recuperar el pasado en relación con los nuevos sentidos del presente, por eso, los consideramos como parte central de un trabajo de memorias entendidas como narrativas o relatos que contribuyen a comunicar una visión del pasado y aportan a la construcción de nuevos sentidos desde el presente (Jelin, 2002). Nos proponemos tomar puntos clave de estos textos para demostrar que contribuyen a definir los principales posicionamientos del campo en dos momentos centrales para la modernización de la literatura argentina para niños. Por lo tanto, distinguimos dos grupos dentro del corpus seleccionado, tomando en cuenta la irrupción provocada por la dictadura[5].

El primer grupo de textos pone el acento en las discusiones de los artículos de los sesenta y los setenta, a los que corresponden algunos de los planteos aludidos hasta ahora. Entre estos textos se encuentran: Oficio de palabrera. Literatura para chicos y vida cotidiana ([1991] 2007) de Laura Devetach, Veinte años no es nada. La literatura y la cultura para niños vista desde el periodismo ([1995]) de Susana Itzcovich y Desventuras en el país-jardín-de-infantes. Crónicas 1947-1995 ([1995]) de María Elena Walsh. El segundo grupo incluye los planteos post-dictatoriales, que responden a ciertos cambios a partir del apoyo del mercado editorial y un repaso por las décadas anteriores que destaca la importancia de la producción de la literatura argentina para niños hacia fines de los ochenta y principios de los noventa. Los agentes y los textos de este segundo momento son otros y presentan la particularidad de aportar en un doble movimiento, si bien contribuyen a mostrar la zona de cruce de la literatura con otras áreas de la cultura interesadas por la infancia, también concentran su atención en los movimientos y la producción de una zona que empieza a distinguirse del resto de las propuestas literarias. Entre estos textos reconocemos: Cara y Cruz de la literatura infantil ([1988]) de María Adelia Díaz Rönner, La trama de los textos. Problemas de la enseñanza de la literatura ([1989] 2005) de Gustavo Bombini, El corral de la infancia ([1990] 2001) de Graciela Montes y Mujercitas ¿eran las de antes? (El sexismo en los libros para chicos) ([1992]) de Graciela Cabal[6].

El campo de la literatura para niños está integrado por autores que se relacionan con la literatura y su práctica cultural en varias direcciones. Son quienes escriben textos literarios destinados a niños, o producen los primeros textos de crítica dentro del campo, o son talleristas y su experiencia con la literatura y los niños es directa, o son profesores en Letras que enseñan en escuelas o universidades, etc. Es importante destacar estos movimientos para revisar la actividad de los autores como mediadores, porque junto con los lectores serán ellos quienes con su práctica intelectual le den forma al campo a través de la participación en los primeros congresos[7] y seminarios de discusión, la formación de centros especializados en literatura infantil (como el CEDILIJ[8] en Córdoba) la transferencia en proyectos que fomenten la lectura en las escuelas y la discusión sobre la literatura y los chicos, entre otras actividades. Es decir, por medio de esas actividades se empieza a definirse la identidad de la literatura argentina para niños.

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El sentido de lo infantil y la operación de remarca del término

 

Una de las principales polémicas del campo es la denominación de lo infantil y lo que se incluye en este término al calificar a la literatura. Si bien, se trata de una polémica siempre vigente en el campo, las primeras veces que se explicitan posiciones sobre el tema aparecen, sobre todo, en el primer grupo de textos seleccionados. A medida que se exponen los distintos argumentos sobre el sentido del término, se van definiendo distintas posiciones dentro del campo.

La palabra infantil deriva de infancia y ésta del latín infantia que significa “mudez”, nos detendremos particularmente en dos sentidos del mismo. De acuerdo a su origen, infantil alude a lo relativo al infante o niño, es decir, todo lo que se relaciona con él: juguetes novedosos, ropa de colores, muebles diminutos, juegos entretenidos, libros, jardines o guarderías, etc. El infante es literalmente el que no habla (Goldin, 2006:36) en este sentido, se podría pensar en el niño pequeño o en la minimización de sus posibilidades. Muchas veces se lo asocia negativamente con la falta de experiencia para resolver determinadas situaciones, con la falta de madurez. Por lo tanto, es el adulto quien asume el rol protector y decide lo que cree mejor para él. Entonces, lo infantil toma un matiz negativo y hace referencia a una “falta de (palabra, experiencia, saber, madurez)” (Goldin, 2006:36). En esta dirección, la escuela también hace su aporte al rol protector o sobre-protector y el aprendizaje se asociada a una actitud en la que el niño debe escuchar y no hablar para aprender.

Por otro lado, el uso común en el lenguaje cotidiano del calificativo infantil es para denominar algo inocente o ingenuo, algo que al portar ese matiz en muchos casos es descalificado o pierde valor. En este sentido se pensó durante mucho tiempo la relación de la literatura para chicos, porque así se veía al niño como alguien sobre quien se podía modelar de acuerdo con los intereses y criterios del adulto. En el texto El corral de la infancia, Graciela Montes plantea esta mirada de la siguiente manera:

Una literatura que a mí me gusta llamar “de corral”: dentro de la infancia (la “dorada infancia” solía llamarse al corral), todo: fuera de la infancia, nada. Al niño, sometido y protegido a la vez, se lo llamaba “cristal puro” y “rosa inmaculada”, y se consideraba que el deber del adulto era a la vez protegerlo para que no se quebrase, y regarlo para que floreciese (2001: 20-21).

Podemos afirmar que el término infantil en literatura, desde hace tiempo atrás, está asociado a los impedimentos del destinatario y a la intervención del adulto. Al respecto, en el texto citado Graciela Montes afirma:

Porque lo infantil pesa, pesa mucho y, para algunos, mucho más que la literatura. Es natural, no puede dejar de pesar: una literatura fundada en una situación comunicativa tan despareja –el discurso que un adulto le dirige  a  un niño, lo que alguien que “ya creció” y ”sabe más” le dice a alguien que “está creciendo” y “sabe menos”- no puede dejar de ser sensible a este desnivel. Es una disparidad que tiene que dejar huellas… (2001:18)

 

Este punto de vista no sólo está vigente en la diferencia con respecto al tipo de lector, sino que se extiende hacia las escrituras del género, la perspectiva de los temas y las posibilidades o desafíos factibles de plantear al niño en el momento de la lectura. La pregunta que surge es qué vigencia tiene esta oposición y las mencionadas anteriormente, o si hay un momento en que eso se revierte dentro del campo infantil argentino. Consideramos que una posible respuesta es el desplazamiento de estas oposiciones, este movimiento se produce en el campo cuando se empieza a problematizar la concepción de niño y de infancia e ingresa lo infantil en el debate. En este sentido, también se toma una posición dentro del campo cuando se decide usar literatura infantil o la denominación literatura para niños; esta última pone el acento en una literatura regida por los gustos y necesidades del niño.

Seguimos los planteos de Jacques Derrida (1977) y tomamos la operación de remarca o de doble marca como un modo de leer los posicionamientos del campo que terminan por cuestionar el sentido general del término dentro del sistema literario argentino. En esta operación Derrida distingue dos fases, la primera consiste en la inversión de sentido del término; en el caso de lo infantil lo podemos ver en las oposiciones y la importancia que toma un aspecto o el otro en los distintos momentos. El segundo momento tiene que ver con la separación del término para que no pueda ser simplemente reaporpiado sino que dé lugar a una nueva conceptualización. En el caso de lo infantil reconocemos que el desplazamiento por trasgresión se da no sólo a partir del cambio de perspectiva que concentra el interés de la literatura en las necesidades del niño, sino también que el concepto se ve desbordado por la dimensión lúdica del lenguaje y la autonomía de la ficción que tienen su mayor exponente en la poética de Walsh. Se trata de un nuevo sentido que determina un modo particular de ficción que no sólo encuentra su punto de fuga en la transgresión de un nuevo orden, sino en la posibilidad de ampliar la percepción del lector en la existencia de alternativas, la vulnerabilidad del poder y la importancia de la diferencia. Junto con este desplazamiento o apertura que distinguimos como una remarca del término ingresa al campo el elemento político. Por medio del humor y el juego se cuestiona la autoridad y las formas maniqueas para mirar el mundo desde la literatura que pretenden desarticular el orden preestablecido por medio de la interpelación de la imaginación y la experiencia de la fantasía. El ingreso del elemento político junto con estas formas se puede ver en dos textos emblemáticos de estos planteos que en ese momento se distinguen entre los libros prohibidos por la última dictadura, como son La torre de cubos y Un elefante ocupa mucho espacio ya que proponen nuevas formas para pensar la vida en sociedad. Estos dos textos se caracterizan principalmente por la forma metafórica de aludir a la realidad y hacer uso del lenguaje simbólico.

Junto con la producción literaria, el problema planteado alrededor del término infantil se instala en el campo literario argentino en los años sesenta, con el fin de describir los factores constitutivos, o presuntivos, que la distinguían en la práctica (Díaz Rönner, 2000: 512). Con respecto a este punto en el artículo publicado en la Historia Crítica de la literatura argentina Díaz Rönner repasa cronológicamente la evolución del campo infantil argentino y sostiene que en los sesenta el concepto se define desde nociones dominantes. Con respecto al término en cuestión la autora afirma: la palabra “infantil” es perturbadora e incómoda porque implica una restricción, limita de antemano en la recepción además de que impone un modo preterintencional de producción (2000: 512).

En los setenta el término infantil aludía a una literatura para niños de 6 a 12 años, pautada por los qué y los cómo concebir el universo del niño, a partir de normas establecidas por la psicología evolutiva y los valores éticos, como parte de una herencia posible de transmitir a través de la lectura ejemplar. En un texto publicado en 1967 por la revista Análisis[9] y recopilado en el libro Veinte años no es nada, Susana Itzcovich manifiesta su posición acerca del tema y sostiene:

La literatura infantil debe producir deleite y entretener, no educar en forma directa. Existe una aproximación entre lo estético y lo didáctico; pero el niño siente repulsión por las moralejas, las escucha con indiferencia o simplemente las teme. Si se logra, en cambio, que goce con la magia y el misterio de la creación literaria, se ha logrado producir verdadera literatura para niños (1995: 77).

Con su punto de vista la autora representa la nueva dirección que buscaba el campo. Es evidente un cambio en la perspectiva desde la que se proponía pensar la literatura, se trataba de una invitación a participar de la ficción. Al hacer referencia a las “moralejas” es posible considerar la intención de romper con la literatura de los primeros tiempos, protectora y moralista.

En este planteo también es necesario detenerse en el uso inicial de “literaria infantil” y el de “literatura para niños”, donde se explicita la diferencia de la mirada centrada en el niño y no el dominio de la situación por parte del adulto. El calificativo infantil desaparece en este fragmento y con él también parece perder vigencia el valor minimizado atribuido a esta literatura; como se puede ver en el desarrollo de la cita, hablar de literatura para niños resalta la figura del niño para pensarla desde un lugar propio y no desde la generalidad que supone el uso ambiguo del adjetivo.

En 1971, en el III Seminario-Taller Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en Córdoba se propone una definición particular: se entiende por literatura infantil toda obra, concebida o no deliberadamente para los niños, que posea valores éticos y estéticos para satisfacer sus intereses y necesidades (Díaz Rönner, 2000: 513). Hay dos modificaciones presentes en esta concepción, por un lado, lo deliberado que abre el concepto para pensarlo más allá de los niños como destinatarios de la literatura y, por otro lado, lo estético como elemento que suma a los intereses y necesidades desde las cuales se puede pensar al lector-niño.

En este momento y en este tipo de espacios propios la literatura argentina para niños no sólo empieza a definir su posicionamiento con respecto a la literatura, sino también la importancia de sus actores: escritores e ilustradores. Se suma la figura del ilustrador que recién se introduce y empieza a ser pensado como un actor que enriquece el libro infantil y permite al niño al mismo tiempo, adueñarse del universo gráfico y formar su exigencia estética.

Sin embargo, en la definición de los setenta se mantiene vigente la transmisión de valores a través de la literatura que todavía deja marcas del predominio de la intención pedagógica con la que padres y docentes adhieren a la propuesta. La literatura infantil en los setenta conserva como elemento constitutivo un matiz de “preparación” para ingresar en una entidad superior, la literatura general. Este planteo del problema es clave para el campo literario porque deja ver las dos posiciones, una disminuida y otra elevada, en la que se basa el debate (Plantin, 2004). Es necesario que se distinga “lo menor” asociado al destinatario y a la mirada de la literatura general con respecto al género. Sin duda, ésta es la mayor oposición que atraviesa el campo y se la puede pensar desde la posición de poder con la que se domina el mundo del niño desde el del adulto, o la literatura infantil desde la literatura en general.

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Díaz Rönner plantea el problema en los siguientes términos: las frecuentes vacilaciones entre literatura “menor”, centrada en el tamaño del receptor y en sus precarias competencias de vida y de lenguaje, y literatura “mayor”, han tenido como resultado, sin duda, una actitud desvalorizadora acerca de los textos de la llamada “literatura infantil (2000: 513-514). La autora explicita la jerarquía que rige el juego de contrarios presente en las dos categorías del campo literario: “lo menor” y “lo mayor”. Esta oposición y las mencionadas anteriormente no se borran, se produce un desplazamiento en el que se transgrede la dicotomía y se despejan otras zonas del campo con nuevas posiciones que –como dijimos- dan lugar al trabajo con la imaginación junto con el ingreso del elemento político.

El debate acerca de lo infantil señala el giro hacia lo deliberado y lo estético del campo, relacionado con el valor asignado al niño como lector que estaba en la discusión de fines de los años setenta. Después del corte provocado por la última dictadura militar el campo infantil se reorganiza e inicia un proceso de consolidación. Lidia Blanco afirma al respecto:

La llegada de la democracia en 1983 permitió el desarrollo de una literatura más libre, más inquietante, en la que aparecieron casi todos los temas. Se afirmaba que podíamos expresarnos libremente. Esto fue parcialmente cierto, pero el enunciado invadió el espacio silenciado por la dictadura en el que dormía la discusión: ¿qué se puede decir y no decir en un libro para chicos? Si TODO se puede decir… ¿qué poníamos como sociedad adulta dentro de ese TODO? (Melh, 1992b:635).

Desde 1984 en adelante empiezan a organizarse diferentes centros y actores que promueven actividades y reactivan el campo intelectual e, incluso, se logra un importante apoyo del mercado editorial con la proliferación de nuevas colecciones. La discusión detenida en el tiempo se retoma y moviliza el campo, dejando ver su crecimiento. Los temas tabú como el amor, la muerte, la sexualidad, la marginalidad, el divorcio, etc. empiezan a tratarse en las historias. Recursos como la parodia, el humor negro, el absurdo se potencian en textos que hacen nuevas propuestas a los lectores-niños. Tanto la narrativa para niños como algunos adultos modificaron su forma de comunicarse con los chicos, aceptando los cuestionamientos, evitando las evasivas y tratando de presentar el mundo y sus posibilidades de habitarlo tal cual es.

Por otro lado, la realidad social todavía era inestable y las consecuencias de la dictadura abarcaban aspectos sociales, políticos, culturales y económicos. En ese momento la literatura para niños también percibe la inestabilidad del discurso socio-cultural. Como parte de la influencia de la cultura de masas, el campo infantil no sólo cuenta con el apoyo de las editoriales, sino también con nuevas variantes al considerar al autor de textos para niños como un “agente productor” (Arpes y Ricaud, 2008: 21) y a la infancia, especialmente al niño, como objeto de mercado con las ventajas y riesgos que esto implica.

Una consecuencia de la dinámica de la cultura de masas es el inicio del camino de profesionalización del quehacer del autor de textos para niños. La nueva mirada sobre la infancia y el rol activo del niño como lector forman parte de la perspectiva de escritura de autores ya nombrados a los que se suman autores con algunas publicaciones en los setenta, pero con una importante producción en este momento de modernización como: Gustavo Roldán, Graciela Cabal, Ema Wolf, Silvia Schujer, Ricardo Mariño, Adela Basch, Perla Suez, Ana María Shua, Luis M. Pescetti, Ana M. Ramb, María Cristina Ramos, entre otros.

La emergencia de un nuevo grupo de autores que asume en la práctica de la escritura para niños los planteos de los sesenta y los setenta  amplía el espesor (Rama, 1985) del campo infantil en la ficción con una variedad de publicaciones de ficción y de crítica que surgen a fines de los ochenta y principio de los noventa. También, se sumarán nuevos agentes al campo infantil y se reconocerá el aporte estético de los ilustradores, como la perspectiva de los mediadores para favorecer el interés por la lectura en los chicos y el acceso a la literatura en espacios de educación formal y no formal.

Por estos años, el campo infantil asume una posición con respecto al destinatario de los textos y se prioriza la construcción o el enriquecimiento de las representaciones, más allá de las simplificaciones con las que se limita al campo y a la infancia desde la mirada del adulto. Además, el giro “hacia lo deliberado o no para niños” planteado en seminarios y ensayos de los años setenta es clave para dar lugar a una poética de autor. Estos logran ampliar el lenguaje simbólico y jugar con las múltiples posibilidades que la ficción les ofrece en el momento de la composición.

Entre los temas que conforman una zona común al campo se encuentran los planteos relativos a la relación con el objetivo pedagógico atribuido a los destinatarios; el interés por fomentar la lectura en los chicos: el rol de los padres y la escuela; la lectura como proceso y su compleja relación con la alfabetización; la calidad literaria en los textos para niños; los intermediarios de la literatura infantil como  autores, narradores, mediadores, talleristas, docentes, padres, etc. sus intereses y limitaciones en el acercamiento de los chicos a la literatura; los textos: los clásicos y los nuevos, lo permitido y lo prohibido en literatura para chicos y las disputas con los docentes que tienen como objetivo que los chicos lean los textos más representativos de la literatura, sin considerar sus intereses como lectores, entre otros que trazarán nuevas confrontaciones como parte de la dinámica del campo. Poco a poco, el desarrollo de la producción ficcional y el posicionamiento del campo sobre estas polémicas dan lugar a lo que Díaz Rönner (2000) llama la salida de la marginalidad de la literatura infanto-juvenil.

La remarca de lo infantil propone una apertura de las reglas clásicas, que se ven interpeladas por la práctica cultural y la movilidad de las formas literarias en su interacción con los intereses de los actores sociales y el contexto de producción. El desplazamiento no implica que se borren las oposiciones, sino que hay un movimiento que avanza en otra dirección que es el que apuesta a la construcción de representaciones y al lenguaje simbólico como parte del trabajo con la imaginación del lector. En 1991, en la introducción a su libro de análisis crítico de textos del campo, Lidia Blanco afirma con claridad: el adjetivo infantil se redimensiona ideológicamente y la literatura que se considera adecuada o no para el lector infantil se libera de presiones moralizantes y pedagógicas para avanzar con más comodidad en carriles comunes con la literatura para adultos (1992:6)

En conclusión, podemos afirmar que a través de los planteos en torno al concepto de lo infantil la crítica delimita la zona que distingue la literatura argentina para niños. Los diferentes argumentos expuestos por los autores en los distintos ensayos dan cuenta de la importancia del debate y el curso que adquieren los planteos que legitiman al interior del campo la discusión. Sin embargo, es necesario aclarar que el campo se encuentra en permanente tensión, el debate no está concluido y la dinámica que moviliza a la literatura para niños pone de manifiesto la necesidad de la toma de posición. De ahora en más dependerá de quien la ponga en práctica y, especialmente, de quien escuche esta denominación la posibilidad de preguntarse o no por el significado aludido con el empleo del adjetivo.

Bibliografía

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[1] En principio nos interesa aclarar que el empleo del concepto de campo en este estudio tiene un sentido general, aunque por momentos pueda resonar la propuesta teórica de Pierre Bourdieu (1999), particularmente, cuando abordamos los mismos desplazamientos de los agentes (escritores, ilustradores, directores de colección, mediadores, etc.) que otorgan cierta autonomía y terminan por dar lugar a la modernización de la literatura infanto-juvenil. También, al plantear que la producción cultural se define a partir del valor fijado por una serie de tensiones -como la literatura en la infancia, la lectura y la formación de lectores y los intereses del público lector- que caracterizan esta zona literaria. Sin embargo, consideramos que en las décadas del sesenta y del setenta no están dadas las condiciones para poner a funcionar esta categoría en la totalidad de los términos que Bourdieu le atribuye. Por eso, nos interesa dejar claro que al referirnos al campo infantil en este estudio aludimos a un conjunto determinado de ideas, conocimientos, relaciones y actividades que hacen al ámbito propio de las producciones literarias de un grupo de autores argentinos que se posicionan ante los niños como sus principales interlocutores y los  lectores de sus producciones estéticas.

[2] Sus primeros textos revolucionaron el teatro para niños con Los sueños del rey Bombo [1959], Canciones para mirar [1962], Doña Disparate y Bambuco [1963]. Entre sus libros para niños se destacan por estos años Tutú Marambá [1960], Zoo Loco [1964], El Reino del Revés [1965], Dailan Kifki [1966], Cuentopos de Gulubú [1966] y Versos tradicionales para cebollitas [1967].

[3] Como se puede leer en la entrevista titulada “TV para los niños”, publicada en el diario La Nación el 1 de octubre de 1959.

[4] El planteo de este trabajo se desprende de una investigación mayor para mi tesis de doctorado desarrollada en el marco de las becas de postgrado del CONICET. Esta investigación lleva por título Narrativas de la violencia política en la literatura infantil argentina. Los trabajos de la memoria para contar la dictadura (1970-1990) y se desarrolló bajo la dirección de la Dra. Rossana Nofal (UNT-CONICET).

[5] Cabe destacar en esta zona literaria tres textos que contribuyeron a despejar un panorama general de los movimientos en las décadas estudiadas. No obstante, aclaramos que no fueron incluidos en el corpus crítico de análisis porque presentan otras particularidades en su estructura. Nos referimos a Los nuevos caminos de la expresión y Literatura Infantil. Ensayos críticos [1990] de Lidia Blanco, Con este sí, con este no. Más de 500 fichas de literatura infantil argentina [1992] de Ruth Melh, especialmente, la zona de textos de autores nacionales y especialistas internacionales incluidos en la sección “mesa redonda” y, por último, la traducción y adaptación de Graciela Montes del texto francés de Marc Soriano La literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas [1975] publicado por Ediciones Colihue en 1995.

[6] Es importante aclarar que los cuatro textos pertenecen a la colección Apuntes de Libros del Quirquincho de Ediciones Colihue, dirigida por Díaz Rönner. Hecho que revela la iniciativa en la lectura y el análisis del campo de parte de la directora de la colección. Reconocemos que su aporte intelectual es determinante en el desarrollo de una línea crítica de la literatura infantil argentina.

[7] Por ejemplo, Laura Devetach participa como invitada en el Primer, Segundo y Tercer Seminario-Taller de Literatura Infanto-Juvenil, organizada por la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Córdoba, en 1969, 1970 y 1971. Es panelista en 1976 del Primer Congreso Iberoamericano de Literatura Infanto-Juvenil, entre otras participaciones. Estos ensayos son recogidos en su texto Oficio de palabrera (2007).

[8] El Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil se funda, al final de la dictadura argentina, a fines de 1983 y comienzos de 1984. El objetivo es fundar un espacio más específicamente literario, alejado de los fines didácticos y funcionales de la escolarización. Al respecto, María Teresa Andruetto, una de las fundadoras del centro, sostiene: “Si hay un adjetivo que yo hubiera dado entonces a la Lij, además de “didáctica” (palabra que usábamos para repudiar todo lo que no nos gustaba) ese adjetivo hubiera sido “marginal”, ella –la Literatura Infantil y Juvenil- era por entonces algo que estaba en los márgenes de la literatura y en las orillas del mundo editorial y, tal como nosotros la entendíamos, estaba fuera de la escuela y lejos de todas las estrategias de ventas. Estaba en los márgenes y nosotros queríamos llevarla al centro” (2009:14).

[9] Este artículo se titula “El derecho a jugar y a realizarse” y está incluido en la recopilación de texto de la autora Veinte años no es nada. La literatura y la cultura para niños vista desde el periodismo.

(*)  Laura Rafaela García 

(UNT-INVELEC-CONICET)

lau2garcia@hotmail.com

Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad Nacional de Tucumán. Se desempeñó como profesora del nivel medio en instituciones de gestión pública y privada. Recientemente, finalizó su doctorado como becaria del CONICET con una investigación sobre literatura argentina para niños, titulada Narrativas de la violencia política en la literatura infantil argentina. Los trabajos de la memoria para contar la dictadura (1970-1990) con la dirección de la Dra. Rossana Nofal (UNT-CONICET).También, desde hace varios años participa como tallerista en los talleres literarios para niños del Grupo Creativo Mandrágora de la Facultad de Filosofía y Letras (U.N.T.).

2 pensamientos en “Acerca de la literatura infantil y su posicionamiento en la literatura argentina”

  1. Debo agradecer no sólo la calidad de tu análisis y tu lucidez para exponerlo sino la emoción que no puedo (ni quiero) evitar cada vez que recuerdan, es lo que nos queda, a Madelia Díaz Ronner, a la que seguiré extrañando.

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