“Si hay un mediador apasionado, la obligación no existe”: entrevista a Sandra Comino

Por Brenda Sánchez

 

Sandra Comino es una de las escritoras argentinas de literatura para niños con una producción más sólida. Ha escrito La casita azul, La enamorada del muro, Así en la tierra como en el cielo, Navidad blanca, Nadar de pie, entre otras obras narrativas, y el libro de ensayos Esto no es para vos.

Estuvo en Mendoza, invitada por el Plan Nacional de Lectura y participó en dos encuentros con chicos en las escuelas 4-222, de Kilómetro 8 y en el IPAL, en el barrio Santa Ana.

Les habló de su infancia sin libros propios en un pueblo pequeño de la provincia de Buenos Aires y de la posibilidad de ser escritores más allá de sus condiciones familiares o sociales, porque para ella la escritura tiene que ver con la decisión de construir el mundo y construirse a través de la palabra.

Allí conversamos con ella sobre la literatura, los chicos, la Argentina…

En una ponencia del año 2001, cuando nuestro país atravesaba una de las peores crisis de su historia, dijiste que la literatura es “resistencia y esperanza”. Ha pasado más de una década desde ese momento, ¿qué formas de resistencia y esperanza ofrece hoy la literatura?

Hoy se puede decir que la lectura es un derecho porque hay contexto histórico y político para que esto suceda. Y hay “permisos” para acceder a ciertos libros con temática que hace diez años no se abordaban. O si se abordaban  no entraban a la escuela. Hoy la ficción entra a la escuela de la mano de políticas públicas que hacen que la literatura pueda estar al alcance de todos. Creo que la literatura siempre es resistencia y esperanza. Y también es como un territorio propio.

En Esto no es para vos retomás la línea de escritoras –ensayistas como Graciela Montes o Ana María Machado que extienden la mirada sobre la literatura como producto cultural y como hecho social. Desde esta perspectiva, ¿qué es lo que te interesa trabajar con los mediadores en los talleres que das?

La libertad de elección. Elegir desde el disfrute, abarcar todos los géneros, todos los temas posibles. Permitirse la reflexión o la conversación de la literatura como disparadora de ciertos temas y también el silencio. Pero nunca la utilización de la literatura para enseñar.

Los niños en tus textos son dignos. Atraviesan la infancia con miedos, dudas, vergüenzas, pero siempre con dignidad. ¿Qué concepciones sobre los niños percibís en la literatura argentina reciente?

Hay una esperanza, un poder de resolver situaciones contraria a la figura del adulto que no sé si sale muy bien parado de la LIJ. El niño en la LIJ cuestiona, juega, sufre, critica al adulto, a la escuela y creo que eso refleja a la infancia actual.

En tus libros Desde las gradas y Navidad blanca partís de una historia muy chiquita y vas acumulando situaciones simultáneas hasta configurar una especie de fresco de los modos escolares, de la sociedad consumo… ¿Los únicos que pueden reflexionar sobre las imposiciones sociales son los niños? ¿Los adultos son reproductores de ese orden social?

Creo que los adultos tenemos la obligación de reflexionar para no ser reproductores de estereotipos. Pero todavía no todos lo hacen. Sin duda la mirada de los chicos y los jóvenes ayudan a fisurar las imposiciones. Pero en mi caso supongo que es la mirada de la niña dentro de la adulta la que puede escribir acerca de esas cuestiones.

¿Cómo fue el camino de textos con temas difíciles, como La casita azul o El pueblo de mala muerte, desde que los escribiste hasta que se convirtieron en clásicos de la literatura para niños de las últimas décadas?

Cada libro tuvo un recorrido peculiar. El pueblo de mala muerte encontró editor gracias a una lectura en un Congreso de uno de sus cuentos. Y La casita ganó un premio en Cuba. Son libros que perduran no sé bien por qué. La casita lleva casi 15 ediciones si contamos las de otros países y se acaba de imprimir la cuarta en Argentina (La sexta si contamos la editorial anterior). Sin duda, mis libros ahora circulan más libremente. Hace diez años en algunas escuelas me decían que no leyera cuentos de El pueblo de mala muerte, principalmente las privadas. Ahora cambió mucho eso. Hay una apertura que tiene que ver con las políticas públicas que ampliaron el criterio de selección.

Y en relación con la pregunta anterior, ¿en qué medida la negación de esos temas (muerte, violencia, exclusión) en la literatura argentina para niños de los ochenta y noventa tenía que ver con una sociedad incapaz de procesar el horror del terrorismo de estado, de elaborar su propia historia?

Siempre tiene que pasar un tiempo para que se pueda hablar de los dolores. Y tiene que haber un interés para que se permita hacerlo. El ejemplo claro es Malvinas. Hoy es un tema de interés político y hay debate. Se puede pensar en conversarlo y eso hace que se publique más fácilmente. Pasa con la mayoría de los temas.

Tus textos se inscriben en una tradición literaria de la llanura, de esa pampa gringa que tomaba Conti en muchos de sus cuentos. En un mercado editorial cada vez más concentrado y globalizado, ¿se puede escribir desde y sobre el propio lugar?

No lo pienso. Escribo desde lo que me atraviesa. Creo que los lugares propios se pueden volver universales si se humanizan las historias. Y sin dudas se encuentran con otras historias que tienen elementos comunes.

(Esta entrevista fue publicada en el nro 6 de la revista Poslodocosmo, Mendoza)

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