ESCRIBIR PARA NIÑOS: las “malas palabras” en la literatura infantil

Por Ovide Menin (*)

Imagen: jositomontez.blogspot.com

Escribir para los niños; hacer literatura especialmente para los más pequeños, es tarea compleja. Mucho más complicada que para escribir para los adultos; por múltiples razones, entre cuyas las  limitaciones del vocabulario, el manejo restringido de ciertos conceptos y las percepciones sincréticas que tiene el niño de corta edad. En los últimos tiempos vienen apareciendo, en el vasto campo de la producción literaria destinada a los niños, las llamadas “malas palabras” (soeces, inoportunas, mal intencionadas y  tétricas) que hasta no hace mucho tiempo era impensado instalarlas. Recuerdo aquel cuento que publiqué en Costa Rica, el año 1981, bajo el título de “El loro de tía Veneranda” donde en un momento del cuento el loro le lanza aquello de ¡Puta! a la señora gorda, despiadada, que le aprieta el pico, estando con su tía en la antesala del consultorio, esperando que el dentista los atienda. El cuento terminaba –termina– con aquel final que dice:

Todo el mundo se queda tieso. El loro dijo una mala palabra. Sin embargo vuelve la calma. Papagayo abre la boca como se lo pide Veneranda. El dentista le revisa la lengua y le pasa algodón para limpiar su mala crianza. Desde entonces, el loro no le tiene miedo al dentista ni dice malas palabras.

Con todo y pese al trasfondo moralista de aquel cuento, hube de sufrir una despiadada crítica de los expertos de entonces; muchos de ellos notables críticos y productores de literatura para niños. Hoy, como digo, los medios de comunicación masiva han instalado un lenguaje permisivo, de grueso calibre, que a nadie parece perturbar. Es que han pasado treinta años desde entonces, cuando aquel cuento para niños salió osadamente a la luz “como un rayo en cielo sereno”. Sobre esto de las malas palabras en la literatura para niños se ha dicho mucho y se seguirá diciendo. Hay condena de unos y tolerancia de otros; pero lo que no hay son límites, porque la condena generalizada a la puesta de límites; a cualquier tipo de límite, alcanza niveles irracionales.

El mundo llamado “progre” se rasga las vestiduras, en privado, sin saber qué hacer ni qué recomendar a sus seguidores. En el mundo conservador ya se sabe lo que siempre se dice sobre la lengua, el lenguaje y el habla: conservarlos en su pureza más prístina, sin concesiones; salvo en circunstancias inevitables, por efectos del desarrollo científico, ciertas expresiones populares, pero acatándolas con cierta parsimonia. Por aquello de que, cuanto  más respetuoso de lo que prescribe el diccionario de la RAE, mejor. Lo peor de eso es que, en muchos casos, tienen razón; la de neologismos y barbarismos innecesarios, así como la vuelta a los jeroglíficos que usan las nuevas generaciones de internautas juveniles, ponen en aprieto al más mentado de los lingüistas contemporáneos. Recuerdo que mi maestra de sexto grado solía decirnos que el lenguaje y el habla sirven para comunicarnos de mil maneras; si no, no sirve. Porque decía ya entonces –hace de esto más de medio siglo- que, “si me encuentro con un chino y no sé hablar chino, me quedaré con las ganas” (supongo de entenderlo, porque con ganas de otras cosas no creo, pues era muy ingenua mi maestra).

Para ejemplificar sobre este mundo lingüístico de lo que durante mucho tiempo le estaba vedado decir a los niños, salvo cuando al jugar, lejos de los adultos, aquel “esto no se dice” se transformaba, casi por arte de birle birloque, en “esto sí lo podemos decir” o bien “ahora que mamá (o la abuela o la maestra) no escuchan, podemos decirlo” tomo en cuenta el libro de Félix Temporetti, ¡Eso no se dice! Un estudio psicológico cultural sobre la transgresión verbal  en niños y niñas que publicó Homo Sapiens Ediciones, Argentina, en el año 2004. De entrada nomás, en el primer capítulo, al responder a la pregunta que él mismo se formula sobre si “constituyen las malas palabras de los niños un objeto científico digno de estudio”, responde que “el contar chistes ‘verdes’, el relatar las ‘historias de Jaimito’, el cantar canciones de burla o ‘de cochinadas’, el decir fórmulas o expresiones con ‘malas palabras’, constituye un fenómeno muy extendido en los grupos de niños”.

A ese respecto, las ejemplificaciones que brinda de tantas cochinadas recogidas durante el trabajo de campo realizado para fundamentar la tesis doctoral que le sirvió de base al libro, constituyen una verdadera summa cum laude de lo que muchos de nosotros ignora sobre el arsenal de malas palabras que un niño, mucho más si tiene un interlocutor válido, es capaz de decir en ciertos momentos. Un vistazo a la bibliografía consultada nos pone frente a los referentes más conspicuos de las corrientes contemporáneas tanto de la literatura procaz, cuanto de las corrientes contemporáneas de la psicología, cuyos autores se interesaron, directa o indirectamente, sobre el tema de las malas palabras en la literatura para niños.

Nosotros mismos hemos escuchado las conversaciones cuasi autistas, al decir de autores como Jean Piaget, que nos dieron pie para escribir algunos versos con malas palabras que esperan ser editados. La breve poesía que más me gusta es  “La rosa pincha culo” que en su momento escriturario -singular y plural- dice así:

Mi mami cantaba

“ al lado de un rosal florido”

y yo lloraba a moco tendido,

porque la rosa me pinchaba

mi  culito dolorido.  

Ay!  culo, culito, culo.

Ay!  rosa maldosa,

rosa espinosa,

mi hermano Pirulo

te hará trizas la consonante

pinchándote el culo.

¡Amén!  

La alternativa de aquélla:

La rosa pincha culos.

Amarilla y brillante

Delirante

La rosa pincha culos

Cantante

Hace lo suyo

Sedante

Entre tanto yuyo

Adelante

Del  jardín aleluyo

Picante

Mientras canta el cocuyo

Radiante

A la niña lela

Que nada sabe

Altisonante

De la  primavera

Arrogante

Con espolón agudo

Semblante

La rosa pincha culo llora y reza

Muy tiesa

Desde el jardín florido

Bis bis

A su primo el culo

Abracadabrante le dice sin reserva

No corras Rulo

Que te llevarás la espina por delante

Amén.

(*)  Ovide Menin, educador santafecino,  fue reconocido como “Ciudadano distinguido” por el Concejo municipal de Rosario en diciembre de 2012. Preside el Comité Académico de la Maestría en Literatura para Niños de la UNR.

Doctor en Psicología y Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Rosario. Puede ubicárselo entre los pioneros de la pedagogía universitaria en Argentina. Autor de numerosos artículos y libros sobre Educación y Psicología, es, también, autor de literatura para niños.

Entre los libros destinados a los niños encontramos: “Para contar a los niños”, Escarabajo de Oro Ediciones, Costa Rica, 1980,  “Las fantasías de Alejo López”, Editorial Plus Ultra, Bs.As. , 1997, “Rosa Pirosa. Poesías para niños”, Homo Sapiens Ediciones, Argentina, 1998,  “Filomena (cuento para niños)” en: “Antología literaria santafesina”, Homo Sapiens Ediciones, Argentina, 1999.

Es miembro de honor de la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil.

Menin, Ovide. (2013). Escribir para niños: las “malas palabras” en la literatura infantil . Miradas y voces de la LIJ, (2), en https://academialij.wordpress.com/2013/06/07/malas-palabras-menin/

Un pensamiento en “ESCRIBIR PARA NIÑOS: las “malas palabras” en la literatura infantil”

  1. Muy interesante el artículo de Ovide Menin, coincido con que “escribir para chicos es una tarea compleja”, sobre todo si se quiere hacer Litaratura. A veces un ¡mierda! usado a tiempo evita redundantes explicaciones pero el regodearse con algunas de ellas por que sí,
    amén de que sea un juego, considero que no es Literatura, que por definición es “El Arte bello que utiliza como instrument la palabra”.
    Por respeto al chico lectror, si le estoy dando el lenguaje de la calle no le doy Literatura.

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